Lira porteña n° 40

Pueblos indígenas en museos: Desde lo exótico a lo mestizo.

Por Pablo Silva

La construcción de identidad es un aspecto central en el desarrollo de una comunidad, en donde el curso de su historia pasa por cómo se autodeterminan, viven sus ritos y procesos sociales como grupo humano, con agencia propia y que experimentan su cultura de manera dinámica, consciente y consecuente a sus códigos valóricos heredados de una generación a otra. Transmitiendo a quienes reciben esta posta, la responsabilidad de mantener las columnas que sostienen su sociedad, al mismo tiempo que la oportunidad de ajustar trazos acordes al contexto que les ha tocado habitar.

La representación en museos, puede ser una percepción engañosa. Quien visita una determinada exposición, asumirá posiblemente que el discurso que se le exhibe es una verdad absoluta, sin cuestionar mayormente que lo seccionado es una muestra de planteada desde la subjetividad inherente de una curatoría. Con esto no se pretende impugnar toda labor museológica, sino que abrir desde dicha mirada, que hay un amplio espectro de ópticas para un determinado tema a compartir en un espacio museal y que esa amplitud es una variable para considerar al momento de recorrerlo.

Los pueblos indígenas han sido históricamente marginados de la sociedad occidental, y esto siendo parte del acervo y discurso de los museos. Los antiguos gabinetes de curiosidades, entendidos como proto museos, ensalzaban lo indígena como piezas exóticas y trofeos (de guerra, en algunos casos de manera literal). Legando esta concepción colonial a los museos en tiempos de república, marcando una distancia temporal y jerárquica de otredad entre la sociedad contemporánea y los pueblos originarios de un territorio, negando toda coexistencia. Poniendo en un pasado estático a sus primeros habitantes y cortando los lazos que definen las continuidades en su historia a la actualidad.

Hoy en día enfrentamos diversos debates sobre la representación indígena, por un lado, la (no)

participación de las comunidades sobre su propio patrimonio y por otro la apropiación cultural que muchos espacios académicos ejercen hegemónicamente, donde los museos no son la excepción.

El museo debe provocar, es relevante resignificar lo tradicional acorde lo contemporáneo, para entender el edificio como territorio, las colecciones como patrimonio y a los públicos como comunidades. El desafío de abrirse a nuevas comunidades debe ser visto como una oportunidad de mejora para los museos.

La relación entre museos y comunidades nos parece quizá obvia, pero hay que matizar lo vertical en que este vínculo ha sido llevado, donde la voz autorizada del museo ha tenido un rol acaparador respecto a otros actores de la sociedad. En ese sentido, el museo debe ir sin invadir y dejar sin abandonar.

Para los tiempos que corren esta verticalidad es obsoleta, la participación de las comunidades en museos debe ser activa y protagonista, no sólo remitirse a quien recibe una experiencia educativa, sino aportar en el relato, mediación y por qué no, incluso en curatoría. Permitiendo abrirse nuevos públicos que reflejen cómo es realmente la sociedad en que vivimos.

Un ejemplo de todo esto es que, para Chile en 2015, se eliminó el cobro a los museos del Estado, pasando de un valor de $600 pesos para público general y de $300 pesos a estudiantes a gratuidad total, esto si bien significó un incremento del 18% en el público total, pasando de 2.017.550 a 2.379.068 visitas en 2016. Es decir, más de 360 mil nuevas visitas durante el primer año de implementación de esta política pública¹. Lo cual, si bien es un avance, también evidencia que la barrera económica no es la

única que limita el acceso a los museos, y debemos profundizar en cuáles son esas otras variables que hacen que las personas se animen a entrar.

Por ende, el museo debe repensarse a sí mismo y buscar nuevas comunidades ausentes para que se hagan parte de su discurso colectivo, se pongan realmente al servicio de la sociedad.
Respecto a la apropiación de los museos, no pasa sólo por acaparar discursos y aspectos visuales sin mayor consulta, sino también la posesión se bienes culturales robados (El Moai en el Museo Británico por ejemplo, cuyo caso daría para un artículo por sí sólo), la exhibición de restos humanos y la negativa a repatriar, restituir y reenterrar bienes culturales en territorios sagrados para sus comunidades de origen, convirtiéndose en planteamientos muchas veces tabúes para las instituciones y una deuda para quienes significan en estas materialidades a sus antepasados.

El concepto de Museo Mestizo proviene del proceso truncado de cambio de guion enel Museo Histórico Nacional (Chile)², inspirado en el Museo Híbrido del museólogo François Mairesse y a su vez del Ensayo sobre el Don del antropólogo Marcel Mauss, que reconocen las dinámicas de intercambio de un pueblo como determinantes en su
entendimiento en la diversidad y como esto enriquece la matriz cultural que les nutre.

Un Museo Mestizo, invita a comprender los múltiples actores de una sociedad y reconocer la importancia de reivindicar a las voces que se han invisibilizado y que hoy se tiene el deber de poner el valor como un acto de justicia y dignificación.

Los pueblos indígenas deben ser aún más involucrados en museos, no sólo como parte de un discurso, sino desde sus propios territorios como museos comunitarios o ecomuseos por ejemplo. No es posible reducirlos a verlos como sólo parte de la prehistoria, sino como personas que siguen existiendo y son parte viva de la sociedad, con voz y agencia propia.

1 https://www.patrimoniodechile.cl/688/w3-article-72788.html?_noredirect=1

2 Andrade, P., Mellado, L., Rueda, H., & Villar, G. (2018). El museo mestizo. Fundamentación
museológica y disciplinar para el cambio de guion. Santiago: Museo Histórico Nacional de Chile.

 

 

Registro fotográfico Sala Carlos Hermosilla, del Museo Universitario del Grabado Universidad de Playa Ancha, Cerro Alegre.

Pablo Silva

Antropólogo Físico (Universidad de Concepción), además cuenta con estudios de diplomado en Museos y Museología (Universidad de Santiago de Chile), diplomado en Estudios de Género; en Archivística; magíster en Historia; y en Arqueología (Universidad de Chile). Actualmente es director de proyecto Museo Neurodivergente, Coordinador de Patrimonio Cultural de la Agrupación Nacional de Boy Scouts de Chile y docente de accesibilidad cognitiva en la Universidad Andrés Bello. También es socio del International Council of Museums (ICOM-Chile) y miembro de la Sociedad Chilena de Antropología Biológica.

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